Dios y la Verdad

La Verdad está en las leyes que rigen la creación y en la verdadera naturaleza de esa Fuente Infinita de amor y energía de la que se compone cuanto existe, a la que llamamos Dios. El ser humano, en su actual estado de evolución, no tiene la capacidad de entenderla en su totalidad, únicamente puede vislumbrar algunas facetas de esa Verdad. Cada uno percibe un aspecto diferente de ésta y la comprende a su manera,  lo que da lugar a las distintas interpretaciones que se tienen en las diversas religiones. No quiere esto decir que unos estén en lo cierto y otros en el error, sino que cada uno capta diversos aspectos de la misma verdad que no alcanza a entender en su totalidad.

La Verdad Total se encuentra en Dios, cuya grandeza y atributos infinitos no se pueden conocer antes de llegar a la fusión con Él. Nadie tiene la verdad absoluta y quien cree poseerla cae en la soberbia espiritual. Quien no se abre a nuevas interpretaciones más profundas y con mayor sentido, se cierra al curso de la evolución de la conciencia humana.

Nuestro Creador al desear manifestarse, lo hace en multitud de formas, ya que todo lo que existe es Él manifestado. Su materia prima, que es la Energía Universal, se transforma de mil maneras, que al irse densificando va conformando los diferentes planos de realidad y surgiendo los distintos universos. La creación siempre fue y siempre será; todo lo que sale de Él regresa al origen, no hay nada que no esté contenido en Él: mientras un universo se expande, otro se contrae en ese eterno movimiento.

Cuando el Altísimo decide manifestarse, se proyecta en infinidad de chispas de su misma esencia, otorgándoles la libre decisión de actuar como lo decidan con la intención de experimentarse Él mismo a través de ellas. Esas chispas somos todos los seres conscientes, desde los ángeles y su jerarquía hasta los seres evolutivos que somos los seres humanos, quienes nos creemos separados unos de otros, aunque en realidad somos todos UNO con nuestro Creador.

Vivir en el mundo material es vivir en la ignorancia de nuestra esencia, pero ha sido voluntad nuestra entrar en el olvido y la inconsciencia para redescubrir la Verdad con nuestro propio esfuerzo a través de diferentes experiencias. Entrar en la oscuridad para redescubrir después la maravilla que es la Luz.

El entendimiento de las verdades cósmicas, de cómo funciona la creación, de la verdadera naturaleza de Dios y de la suya propia está lejos de la comprensión humana. Cada uno tiene un concepto distinto de Dios al que muchos le prestan cualidades humanas en las que reflejan sus propias carencias. El verdadero volcán de amor que es nuestro Creador, no requiere de nada, Él es Todo, lo tiene todo y si permite que los humanos se equivoquen en su actuación contraria al amor es para que al experimentar la desolación que esto provoca, vuelvan poco a poco a reencontrar lo que son en realidad, que es amor, alegría, felicidad y así puedan apreciarlo.

La chispa divina que desea manifestarse en el mundo dual necesita de un alma  que la contenga. Ésta se proyecta en diferentes personalidades para experimentar, a través de cada una de ellas, lo que le es necesario para abrir su conciencia. Esa alma cubre a todas sus personalidades y es la que escoge las diferentes vidas que desea experimentar hasta sutilizarse de tal forma que vuelve a ser Luz, la cual se reintegrará a la Fuente de la que se originó, para manifestarse después en una nueva forma. Las chispas que se han convertido en seres evolutivos han experimentado muchas otras formas de vida; por formas se entiende experiencias de manifestación. El flujo de creación es continuo, la Energía Universal sale de la Fuente, se transforma, experimenta de todo y vuelve a reintegrarse. Nos es incomprensible por qué volvemos a salir, pero el deseo de manifestación primero y de absorción en el origen después, es tan fuerte que nada lo puede contrariar. Es Dios en su infinita sabiduría el que tiene el deseo de primero manifestarse para recoger después, con infinito amor, su manifestación porque en ese retorno se experimenta la dicha y la plenitud total.

Vivir en el mundo material es vivir en la ignorancia de nuestra esencia y de la naturaleza de Dios, pero ha sido nuestra voluntad entrar en el olvido y la inconsciencia para redescubrir la Verdad con nuestro propio esfuerzo. Para encontrar la Verdad hay que desear conocerla. Cuando las verdades que se tienen no satisfacen ni al intelecto ni al corazón, el ser humano debe buscarla dentro de sí mismo, ampliando los conceptos que ya se tienen y asumiendo la responsabilidad de sus actos. Quien por miedo o comodidad no lo hace, avanza más lentamente en la apertura de conciencia, ya que el conocimiento eleva la frecuencia vibratoria del ser humano, sobre todo si va acompañado de amor. Sin embargo, todos los caminos, si se basan en el amor, llegarán finalmente a Dios.